Caronte & beers
Nos dimos el fuerte abrazo que nos debÃamos desde hacÃa muchos años y veinte minutos - los del retraso con el que llegó el tren. ¿Cuánto hacÃa que no veÃa a Caronte? me preguntaba unos minutos antes mientras esperaba vagabundeando por los andenes frenéticos y las tiendas lánguidas de la estación.
Nos repetimos entre risas la misma pregunta todavÃa fundidos más que agarrados del brazo; al llegar a 10 años desistimos de seguir contando. Lo que sà recordamos es que nuestro último encuentro fue precisamente en ese mismo andén, uno subiendo del tren y otro bajando, el tiempo de un breve hola-que-tal - adios-hasta-luego - tenemos-que-hablar - sÃ-sÃ-te-cuento.
Por él no han pasado los años más allá de la lógica que impone la naturaleza. Conserva la misma mirada verde, inquieta, juvenil con la que le recordaba. Tan solo variaban las gafas, la última vez que le và las llevaba redondas de fina montura metálica - esa montura que en casa llamábamos ‘de oliveta’ -; ahora cuadradas, de pasta, modernas.Supongo que él me debió encontrar el pelo más cano - sensación que acentúa el cierto grado de melena que ya luzco, tengo que ir pensando en ir al peluquero -, algo más de barriga mal disimulada por el jersey ancho y el chaquetón, alguna que otra entrada y las inevitables arrugas que por mucho que me empeñe en darme cremas ya van denotando la experiencia adquirida.
Nunca he sido devoto de los bares de estación. Por mucho que se disfracen de sÃmil madera o las sillas sean de hierro forjado con cojines falsamente rústicos siempre me han parecido lugares frÃos, de paso, aptos para mitigar el tedio de la espera, aliviar la sentida despedida o encubrir el encuentro furtivo, pero no para la charla cordial y tranquila. Las dos horas que allà pasamos, empero, consiguieron que ese perjuicio no me molestara en absoluto. Diez, doce años sin vernos las caras, sin más contacto que el cibernético y allà estábamos como si el tiempo no hubiese pasado….
… y sin embargo la nostalgia no adulteró nuestas cervezas - sin nada para picar, no tenÃan, debe ser que las tapas impiden que los trenes salgan puntuales -. Renunciamos a reverdecer laureles ajados; recuerdos, los justos; no nos quisimos resignar a ser dos ex-combatientes rememorando batallitas desgastadas por el uso, los ‘qué fue de’ quedaron en el tintero para otra ocasión.
En lugar de ello, sobre la mesa, el futuro. Proyectos por cumplir, objetivos a alcanzar, tantas cosas todavÃa por hacer. Supongo que esta rebeldÃa, ese querer mirar hacia adelante es uno de los componentes del elixir de nuestra ojalá eterna juventud.
Y tras la tormenta de ideas otro abrazo fraternal, la sonrisa franca, la conjura entusiasta para no dejar pasar tanto tiempo antes de repetir el encuentro, quizás en la Meseta o junto al Mediterráneo o quién sabe dónde ni cómo ni por qué.
Se perdió entre la muchedumbre para tomar un taxi. Yo volvà a casa caminado. Sonriendo.
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- Publicada:
- Lunes 10 de Diciembre de 2007 a las 22:32







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