Crónica del HombreSolo
All the lonely people, where do they all come from?
All the lonely people, where do they all belong?
El despertador sonó una vez más. El HombreSolo pretendió abrir los ojos, todavÃa dormido estiró su brazo hacia el otro lado de la cama.
Pero, como habÃa sido durante casi toda su vida, el otro lado de la cama estaba vacÃo.
Se levantó y comenzó a vestirse: camisa, pantalón, calcetÃn derecho, calcetÃn izquierdo, nudo inglés en la corbata, habráse visto cosa más anticuada, zapato derecho, zapato izquierdo, chaqueta. Comenzaba un dÃa más, tan gris como los pasados, tan gris como los siguientes. Corteses pero distantes saludaron el portero, el cartero. La barrendera hizo una vez más ademán de no haberle visto; “mejor asÔ pensó. Compró el periódico, ojeó las páginas de deportes y la cotización de sus acciones, dejó la polÃtica para la hora de la comida, el crucigrama para la noche, la cartelera para cuando la necesitara, no sabÃa cuándo la iba a necesitar.
Subió al autobús. Aquellos anónimos rostros que tan bien conocÃa miraban a través de la ventanilla hacia un punto indeterminado del infinito según se sube a mano izquierda. El HombreSolo hizo lo mismo, pero no pudo evitar volver a poner los pies en la tierra por un momento cuando la cajera de ojos verdes y nariz respingona pasó por delante de él rozándole - “uy, disculpe” - para bajarse frente al supermercado donde trabajaba. Todo para que los ojos del HombreSolo (”los tienes bonitos pero un poco tristes” le dijo alguien una vez; ah, alguien, dónde estás…) se entristecieran un poco más mientras sentÃa de nuevo en el corazón el coraje y en el hÃgado la patada de las 08:50: el de ser incapaz de decirle siquiera “buenos dÃas”, no hablemos de insinuarle una sonrisa, de ofrecerle una flor. Como de costumbre. Quizás porque rara vez supo qué añadir a continuación.
Llegó a la oficina: edificio inteligente de grandes ventanales con estores perpetuamente bajados, aire acondicionado a gusto de nadie, seguridad a la puerta con cara de pocos amigos y conserje tan decorativo como ineficaz; el lugar era funcional, ergonómico, impersonal. Ante las filas de escritorios organizados de una manera no muy diferente a los pupitres de su escuela, el HombreSolo no pudo evitar ese dÃa el estremecimiento que de vez en cuando sentÃa cuando aquella disposición le retrotraÃa a su no tan lejana infancia y aquel siniestro colegio. Su interlocutor más válido allà era su ordenador, al que entre enter y enter interrogaba ora sobre cómo habÃan llegado hasta allà ora sobre para qué servÃa; sÃ, la respuesta estándar pasaba por los sesudos informes, estudios, propuestas, ofertas y contraofertas bajo los cuales se intuÃa más que se veÃa el contrachapado miel del escritorio, pero el HombreSolo no acababa de estar convencido del todo especialmente en los tiempos de crisis que corrÃan. Mientras sus colegas bromeaban en torno a la máquina de café, el HombreSolo, callado en una esquina del grupo, se sentÃa incapaz de hacerse notar. Sin embargo, a veces resultaba ser el blanco de las puyas y bromas; sonrisa bobalicona, algunas frases hechas pretendidamente graciosas, esperar que la tormenta amainara, ¿qué hacer cuando no se era tan ingenioso como ellos?
SabÃa sus nombres, ellos sabÃan el suyo, pero poco más. No era necesario saber más, detallejos técnicos sin importancia, nada relevante para la buena marcha de la compañÃa. Sentado en el comedor, en el sitio que habitualmente ocupaba junto a la pared, se preguntaba por qué las sillas a su frente e izquierda se obstinaban en permanecer vacÃas.
Hora de salir, educados “hasta mañana”, organizada desbandada de mochuelos volviendo a sus olivos - o quizás no. Al HombreSolo le gustaba entonces desandar a pie lo andado por la mañana en el autobús, insuflar su ración diaria de polución directa a los pulmones y de allà al alma, posiblemente el mejor momento del dÃa para pensar en no pensar, para soñar con no soñar, el cielo tiñéndose de rosa preparando su cotidiano e inexorable fundido en negro, la ciudad poniéndose el pijama y las pantuflas, olor a patatas fritas con huevo para cenar.
Meter la llave en la cerradura, girarla y abrir la puerta era de largo el ejercicio menos estimulante del dÃa. “Vuelta al nicho” - pensó, “¡qué desorden!” - murmuró - “¿quién me da una razón para arreglar esto un poco?”. Se desesperó. Con desgana estiró las sábanas malamente sobre la cama, fregó los platos de la cena anterior y pasó el dedo para comprobar que el polvo ya se acumulaba desde hacÃa varios dÃas en las estanterÃas. No sentÃa particular emoción por hacer mucho más; tumbado en el sofá o mirando a través de la ventana las horas, como los trenes, pasaban prestas a ser perdidas. Se le daba muy bien perder trenes.
De repente, el teléfono sonó. El corazón del HombreSolo latió con más fuerza:
- Hola, amor - ¡qué dulzura de voz de mujer le acarició desde el fondo del auricular!
- No, señora. Se ha equivocado de número
- Oh, disculpe -. Click
Click
Alrededor de medianoche. Luna nueva. Contaminación lumÃnica. Miles Davis. Ascensor para el cadalso. El HombreSolo apuraba la última botella que tenÃa en casa - mañana toca supermercado, hacer cola en la misma caja, precisamente en aquella caja, ¿y si le hablase de Miles Davis? - mientras un estúpido, otro estúpido concursete intentaba entre triunfales fanfarrias convencer a su vecino, el del volumen del televisor desaforado, de qué bello es vivir cuando se es guapo, rico, simpático, audaz, ocurrente y ligeramente descerebrado. No era guapo, ni rico, ni simpático, ni audaz ni ocurrente; periódicos y revistas atrasados y manoseados, esparcidos encima de la mesa, contribuÃan a que ni siquiera le quedase el consuelo del descerebre.
Harto del dÃa y de la noche, el HombreSolo se dirigió a su cuarto. Un suspiro quedó flotando en el salón; en el pasillo, una lágrima.
Ya en la cama, el otro lado vacÃo, abrazó una vez más su almohada y con ternura la besó.
Nadie le dio las buenas noches.






Sin comentarios
Ir a formulario | comments rss [?] | trackback uri [?]