Crónica del HombreSolo

All the lonely people, where do they all come from?
All the lonely people, where do they all belong?

Fotografia: Jose Angel F.El despertador sonó una vez más. El HombreSolo pretendió abrir los ojos, todavía dormido estiró su brazo hacia el otro lado de la cama.

Pero, como había sido durante casi toda su vida, el otro lado de la cama estaba vacío.

Se levantó y comenzó a vestirse: camisa, pantalón, calcetín derecho, calcetín izquierdo, nudo inglés en la corbata, habráse visto cosa más anticuada, zapato derecho, zapato izquierdo, chaqueta. Comenzaba un día más, tan gris como los pasados, tan gris como los siguientes. Corteses pero distantes saludaron el portero, el cartero. La barrendera hizo una vez más ademán de no haberle visto; “mejor así” pensó. Compró el periódico, ojeó las páginas de deportes y la cotización de sus acciones, dejó la política para la hora de la comida, el crucigrama para la noche, la cartelera para cuando la necesitara, no sabía cuándo la iba a necesitar.

Subió al autobús. Aquellos anónimos rostros que tan bien conocía miraban a través de la ventanilla hacia un punto indeterminado del infinito según se sube a mano izquierda. El HombreSolo hizo lo mismo, pero no pudo evitar volver a poner los pies en la tierra por un momento cuando la cajera de ojos verdes y nariz respingona pasó por delante de él rozándole - “uy, disculpe” - para bajarse frente al supermercado donde trabajaba. Todo para que los ojos del HombreSolo (”los tienes bonitos pero un poco tristes” le dijo alguien una vez; ah, alguien, dónde estás…) se entristecieran un poco más mientras sentía de nuevo en el corazón el coraje y en el hígado la patada de las 08:50: el de ser incapaz de decirle siquiera “buenos días”, no hablemos de insinuarle una sonrisa, de ofrecerle una flor. Como de costumbre. Quizás porque rara vez supo qué añadir a continuación.

Llegó a la oficina: edificio inteligente de grandes ventanales con estores perpetuamente bajados, aire acondicionado a gusto de nadie, seguridad a la puerta con cara de pocos amigos y conserje tan decorativo como ineficaz; el lugar era funcional, ergonómico, impersonal. Ante las filas de escritorios organizados de una manera no muy diferente a los pupitres de su escuela, el HombreSolo no pudo evitar ese día el estremecimiento que de vez en cuando sentía cuando aquella disposición le retrotraía a su no tan lejana infancia y aquel siniestro colegio. Su interlocutor más válido allí era su ordenador, al que entre enter y enter interrogaba ora sobre cómo habían llegado hasta allí ora sobre para qué servía; sí, la respuesta estándar pasaba por los sesudos informes, estudios, propuestas, ofertas y contraofertas bajo los cuales se intuía más que se veía el contrachapado miel del escritorio, pero el HombreSolo no acababa de estar convencido del todo especialmente en los tiempos de crisis que corrían. Mientras sus colegas bromeaban en torno a la máquina de café, el HombreSolo, callado en una esquina del grupo, se sentía incapaz de hacerse notar. Sin embargo, a veces resultaba ser el blanco de las puyas y bromas; sonrisa bobalicona, algunas frases hechas pretendidamente graciosas, esperar que la tormenta amainara, ¿qué hacer cuando no se era tan ingenioso como ellos?

Sabía sus nombres, ellos sabían el suyo, pero poco más. No era necesario saber más, detallejos técnicos sin importancia, nada relevante para la buena marcha de la compañía. Sentado en el comedor, en el sitio que habitualmente ocupaba junto a la pared, se preguntaba por qué las sillas a su frente e izquierda se obstinaban en permanecer vacías.

Hora de salir, educados “hasta mañana”, organizada desbandada de mochuelos volviendo a sus olivos - o quizás no. Al HombreSolo le gustaba entonces desandar a pie lo andado por la mañana en el autobús, insuflar su ración diaria de polución directa a los pulmones y de allí al alma, posiblemente el mejor momento del día para pensar en no pensar, para soñar con no soñar, el cielo tiñéndose de rosa preparando su cotidiano e inexorable fundido en negro, la ciudad poniéndose el pijama y las pantuflas, olor a patatas fritas con huevo para cenar.

Meter la llave en la cerradura, girarla y abrir la puerta era de largo el ejercicio menos estimulante del día. “Vuelta al nicho” - pensó, “¡qué desorden!” - murmuró - “¿quién me da una razón para arreglar esto un poco?”. Se desesperó. Con desgana estiró las sábanas malamente sobre la cama, fregó los platos de la cena anterior y pasó el dedo para comprobar que el polvo ya se acumulaba desde hacía varios días en las estanterías. No sentía particular emoción por hacer mucho más; tumbado en el sofá o mirando a través de la ventana las horas, como los trenes, pasaban prestas a ser perdidas. Se le daba muy bien perder trenes.

De repente, el teléfono sonó. El corazón del HombreSolo latió con más fuerza:

- Hola, amor - ¡qué dulzura de voz de mujer le acarició desde el fondo del auricular!

- No, señora. Se ha equivocado de número

- Oh, disculpe -. Click

Click

Alrededor de medianoche. Luna nueva. Contaminación lumínica. Miles Davis. Ascensor para el cadalso. El HombreSolo apuraba la última botella que tenía en casa - mañana toca supermercado, hacer cola en la misma caja, precisamente en aquella caja, ¿y si le hablase de Miles Davis? - mientras un estúpido, otro estúpido concursete intentaba entre triunfales fanfarrias convencer a su vecino, el del volumen del televisor desaforado, de qué bello es vivir cuando se es guapo, rico, simpático, audaz, ocurrente y ligeramente descerebrado. No era guapo, ni rico, ni simpático, ni audaz ni ocurrente; periódicos y revistas atrasados y manoseados, esparcidos encima de la mesa, contribuían a que ni siquiera le quedase el consuelo del descerebre.

Harto del día y de la noche, el HombreSolo se dirigió a su cuarto. Un suspiro quedó flotando en el salón; en el pasillo, una lágrima.

Ya en la cama, el otro lado vacío, abrazó una vez más su almohada y con ternura la besó.

Nadie le dio las buenas noches.


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