La hoja parda

A mi padre

21 de septiembre. Oficialmente, otoño. Una hoja parda revolotea en el alféizar.

Fotografía: Jose Angel F.Hoy cumple 65 años. Día, hora de jubilarse, de dejarlo correr tras 40 años de servicio. Planes, planes, planes: volver a la universidad, viajar, ver crecer a los nietos, en la biblioteca municipal, al cine, al teatro o al palacio de la música, las conferencias y los cursillos del Ateneo, aprender a manejar el ordenador y el móvil.

Jersey de sport de pico, corbata informal y algo pasada de moda, botas camperas, la cartera con el periódico que ha venido leyendo en el tren durante los tiempos muertos de la tertulia mañanera. Los habituales le echarán de menos.

La (pen)última mirada al correo, al e-mail que nunca tuvo muy claro cómo manejar, de recoger del escritorio los cuatro trastos, dos carpetas y los dibujos de la nieta, de rellenar – con la Lexikon 80, claro – y visar el último expediente y estampar otra vez más sello y firma, seguro que con algo de emoción. Los árboles del paseo filtran la luz que entra por la ventana, de fondo el tic-tac del venerable reloj de péndulo que siempre ha presidido la oficina y ha marcado la hora de salir. El almuerzo, incluso hoy, es sacrosanto: entre colegas, a la valenciana, huertano, copioso, digno de una boda.

Aún es muy capaz de conducir el coche oficial con el logo de la consejería en la puerta, indigno heredero del mítico y nunca igualado dos caballos, del simpático ‘pandeta’, del anodino Fiesta. Los caminos vecinales de tierra o mal asfaltados han desaparecido, ahora son todo carreteras autonómicas – el escudo de la región por doquier – de doble tablero y rotondas cada quinientos metros.

Vuelve a recorrer los campos con los que nunca quiso perder el contacto. Nota los años en las piernas pero hasta el último día sigue fiel al trabajo de trinchera, volvió a ella incluso tras probar la colina y lo mullida que era allí la moqueta. Algunos de esos naranjos los plantó con sus propias manos, algunos de esos aguacates los injertó con sus hijos.

Las sorpresas del día: un reloj dorado, o una placa conmemorativa, o un plato de cerámica de Manises con un recordatorio, la llamada o la vista de los jefes y algún Gran Jefe para agradecerle los servicios prestados. Sonríe socarrón, ‘odiosas alabanzas de cuya hora Dios nos libre’, piensa de nuevo.

Y a la mañana siguiente, primer día del resto de su vida, volverá para ver si todo sigue en orden. Le resulta demasiado duro abandonar sobre el escritorio las llaves de la oficina que abrió hace ahora treinta años junto con la secretaria a la que ni siquiera ayer dejó de tratar de usted.

Elisabeth Scwarzkopf me susurra al oído el ‘Im Abendrot’ de los Cuatro últimos lieder de Richard Strauss. Ahí fuera comienza a hacer frío. Aquí dentro ya lo hace.


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