Liturgia de cristal
Vi descender del cielo a otro ángel fuerte, envuelto en una nube, con el arco iris sobre su cabeza; y su rostro era como el sol, y sus pies como columnas de fuego. Tenía en su mano un librito abierto; y puso su pie derecho sobre el mar, y el izquierdo sobre la tierra. Y el ángel que vi en pie sobre el mar y sobre la tierra, levantó su mano al cielo, y juró por el que vive por los siglos de los siglos, que creó el cielo y las cosas que están en él, y la tierra y las cosas que están en ella, y el mar y las cosas que están en él, que no habría más tiempo, sino que en los días de la voz del séptimo ángel, cuando él comience a tocar la trompeta, el misterio de Dios se consumará, como él lo anunció a sus siervos los profetas.
(Apocalipsis X, 1-2, 5-7)
Los acontecimientos, quizás por empezar a ser propicios a su país, nos eran absolutamente desfavorables: ellos sabían que el avance de sus tropas era lento pero inexorable, que posiblemente todo podía terminar en breve, que el futuro de los que tuviesen la posibilidad de tenerlo no era sino su tribunal de guerra, la degradación, la ignominia, la cárcel, la horca. Estábamos a su merced.
Olivier trabajaba sin descanso. Escribía colores. Como un iluminado, con ese fervor casi místico que le había hecho ganarse no sé si el favor, la comprensión o simplemente la lástima de los que allí dominaban y que todavía no le habían colgado la pegatina de “degenerado”, dibujaba puntos, líneas, letras, símbolos de aquella su cábala que jamás creí entender sobre el papel lleno de rayas que uno de ellos le hacía llegar. Miraba al cielo. Luego canturreaba. Agitaba sus manezuelas, los dedos entumecidos por el frío asomando por los miserables mitones. Sonreía. Y volvía a dibujar. No importaba lugar ni hora; de día, aislado de nosotros gracias al privilegio que le fue concedido mientras que para los demás la única esperanza que teníamos de ver el siguiente amanecer era no desfallecer en el trabajo de manera demasiado evidente; de noche aprovechando el barrido de la luz de los reflectores que nos guardaban, el resplandor de la luna en las escasas noches en las que condescendiente brillaba, o simplemente a tientas.
Pero como yo, como todos, pasaba hambre. Y el hambre le hacía soñar con esos remolinos de colores que le servían de inspiración y que más tarde afirmaba copiar. Yo le miraba y escuchaba complaciente, no le hacía demasiado caso posiblemente porque mis pies ateridos eran incapaces de despegarse del suelo, porque mi capacidad de soñar, de evocar algo que no fuese un mendrugo de pan rancio o un jirón de manta, no era sino arena, cenizas, polvo, aire. Él leía la Biblia. Y rezaba.
Aquella tarde hacía frío, apenas un tímido rayo de sol se intuía entre las nubes, reflejándose huidizo sobre la nieve. Nos reunieron en la plaza; aquella misma mañana habíamos estado levantando en su centro un escenario, improvisado malamente con bidones y tablas, que amenazaba hundirse no bien alguien se aventurase a poner el pie en él. Cuando llegamos esperaban sobre aquel vacilante estrado todavía vacías tres sillas, tres atriles, el piano desvencijado que alegraba las veladas en la cantina de los guardianes.
Pude colocarme cerca del tablado; un principal hizo una presentación, creo que habló de música. Francamente no hice demasiado esfuerzo por entenderla, a mis oídos poco entrenados en su idioma aquella arenga no sonaba demasiado diferente a cualesquiera otras que hubiese podido escucharle en los ya muchos meses que llevaba allí dentro. Pero cuando finalizada ésta algunos de mis compañeros aplaudieron, me puse en guardia: aquello era inaudito, aquel gesto me hizo comprender que iba a ocurrir algo definitivamente fuera de la monotonía que regía nuestro mísero día a día.
Olivier se sentó al piano, sus compañeros ocuparon las otras tres sillas, en aquel momento entendí que se trataba de un concierto. Blandían sendas piltrafas a las que solo con infinita benevolencia se les podía dar el calificativo de instrumentos musicales: un clarinete agrietado, un violín astillado, instrumentos ambos a cuyos propietarios les fue excepcionalmente permitida la tenencia desde el día en que se unieron a nosotros, aquel violoncello con únicamente tres de sus cuatro cuerdas que según decían alguien compró en la ciudad más cercana, al piano le faltaban algunas cuerdas y la mitad de sus teclas no volvían a su posición tras ser percutidas. Escenario, músicos, instrumentos: la caricatura más patética de orquesta que jamás hubiese podido imaginar, casi despojos de humanidad hambrientos, desharrapados, desheredados, rellenando los mismos uniformes raídos y sucios que nosotros vestíamos en lugar de los elegantes ternos que ellos a buen seguro lucían en las grandes noches de otros, ya lejanos tiempos. En otras circunstancias hubiesen constituido carne de escarnio, y sin embargo ¡cuánta dignidad albergaban!
No sé cuántos hombres, cuántos pares de ojos, oídos, corazones expectantes estábamos allí sentados o acurrucados en el suelo todavía cubierto de barro y nieve; luego supe que en aquel momento éramos más de 5000. El silencio que se hizo atronaba los oídos; jamás en mi vida había oído un ruido tan fuerte. Y en medio de aquel silencio, los ojillos de Olivier - en los que pese a todo lo que nos rodeaba se seguía leyendo aquella esperanza que su fe le daba y que no había perdido todavía - centelleaban perdidos en aquellas armonías ajenas a este mundo, armonías que él conocía y nosotros íbamos a conocer; su aire meditativo, nostálgico de la libertad de la que gozaban aquellos pájaros a los que tanto amaba - quizás los únicos que en mi vieja Europa todavía gozaban de ese privilegio - se había acentuado aún más si cabe.
De pronto, tímidamente, casi como pidiendo permiso, un pájaro - ¿un ruiseñor, un mirlo? - cantó por la boca del clarinete, desde las cuerdas del violín le contestó otro. Contrapuesto al ominoso silencio de la Tierra, el armonioso silencio del Cielo: la liturgia de cristal había comenzado.
Y aquella música, al fin y al cabo un estreno - ¡ay, tan diferente a los que narraban las crónicas de sociedad en los periódicos de mi pequeña, provinciana ciudad! - trajo siquiera por una hora la luz. Era, oímos, el Verbo en toda su majestad, el Ángel poderoso y terrible; cantaban los pájaros, resplandecía el arco iris. Creo recordar que durante todo aquel tiempo no hubo más ruido que el zumbido de los generadores de electricidad y los ladridos de los perros que guardaban la cerca.
No acudí a ningún otro concierto jamás; aunque lo hubiera hecho, no creo que hubiese encontrado otro momento como aquél. Desde aquel día leí muchas crónicas en las que se hablaba de comunión entre intérpretes y espectadores…. desde aquella tarde entendí perfectamente a qué se referían, pero Dios quiera que no vuelva a haber lugar para la otra comunión que viví aquella tarde, la que se produjo entre nosotros y ellos, entre los que blandían los fusiles y los que recibíamos las balas. Aquellos cuarenta y cinco minutos del 15 de enero de 1941 me dieron las fuerzas para sobrevivir al infierno, al campo de trabajo nazi de Görlitz donde estuve confinado dos años. Y ahora, sesenta después, os lo estoy contando. Laus Deo.
Info
- Publicada:
- Miércoles 2 de Marzo de 2005 a las 20:46
- Etiquetas:
- Cristal, Cuentos, Música, Olivier Messiaen






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