Manoteras trece treinta
… barras de bar, vertederos de amor,
os enseñé mi trocito peor.
Retales de mi vida,
fotos a contraluz…
Los manteles de papel azul oscuro contrastan mucho con las servilletas de color salmón claro. Las paredes son de ladrillo visto hasta media altura y estuco morado de ahà hacia arriba. Los vasos son de Duralex y el vino de La Mancha, algo peleón. Los adornos de la pared pretenden recrear sin conseguirlo un ambiente marinero. Volutas de humo de tabaco flotan en el ambiente; el humo huele cada vez más a rancio, a reliquia de otro tiempo en el que fumar aún era polÃticamente correcto. La luz es escasa, a base de bombillas de bajo consumo que dan una luz azulada y que se mezcla con la claridad escandalosa del verano que se filtra por los estrechos ventanucos altos y los visillos cómo no de falso encaje. Rara es la mesa ocupada por dos o más personas. De tapa hoy, costilla adobada.
La barra puede medir tranquilamente ocho o diez metros, hace una especie de curva hacia el final en el espacio reservado para los camareros, junto a la salida de la cocina. La iluminan focos halógenos encastrados en pantallas de aluminio zincado. La vitrina de cristal alberga una tortilla española, ensaladilla rusa, morcillitas de Burgos en aceite y los últimos boquerones en vinagre de la temporada. Tras ella, la cafetera y las consabidas botellas: riojas y riberas, whisky, brandy, anÃs, aguardientes, orujos y licores. Los taburetes negros, aunque no están fijos al suelo, equidistan uno de otro como recién colocados; desde el primero hasta el último, regularmente, todo taburete ocupado tiene a ambos lados uno vacÃo y cada taburete vacÃo limita con dos ocupados. El suelo está limpio, aleluya.
Preponderan los monos sobre las corbatas, en las oficinas ya ha empezado la jornada de verano. Parroquianos de menú del dÃa todos, pacharán algunos y licor de hierbas los más. Bastantes hablan al vacÃo mientras miran por el móvil o viceversa, otros leen el Marca y el As, no veo El PaÃs o La Razón. La camarera desganada se asombra de que le mire a los ojos y no al escote mientras le pido la tarta de arándanos, debe ser la falta de costumbre, sonrÃe. Nadie habla con nadie, sólo rompe el silencio de vez en cuando el sonsonete jovial de la máquina tragaperras invitando a dejar allà las vueltas. Es difÃcil saber qué tipo de hambre es la que abunda más. Parece sarcasmo: la cafeterÃa se llama ‘Punto de encuentro’. Suena el ‘Imagine’ lennoniano.






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