Quiet city

Et in terra pax hominibus bonae voluntatis

Fotografia: Jose Angel F.¿Tuviste un mal día? No te preocupes, yo también.

Levanto las cortinas. Ahí fuera la ciudad va vistiéndose con su atrezzo nocturnal. Las estrellas se olvidan de salir, qué importa, a la sinfonía de luces de neón, sodio y xenón que la urbe compone bien pueden sobrarle algunas notas, la luna bermeja no es mas que un segundo violín. El vuelo 3491 con destino Tokio propina al cielo el último rasguño anaranjado, el helicóptero de la policía patrulla, qué rutina. Pondré el sillón frente a la ventana, apagaré las luces y descolgaré el teléfono.

Mi americana está ya en el suelo, aflojaré mi corbata y me descalzaré. Soltaré la hebilla del cinturón, me quitaré los gemelos y descuidadamente desabrocharás un par de botones de mi camisa. Olerás mi pecho, sabrás que estás en casa. La hornilla se ha quedado sin limpiar, los platos sin fregar y mi maletín tirado en el zaguán ¿te importa? A mí no.

Ovíllate a mi lado, amor. Quítate también los zapatos y las medias. Sube los pies en el sofá, sin cumplidos. Apoya la cabeza en mi hombro mientras mi brazo te abarca toda. Te protejo. Cierra los ojos. Maldita sea, intuyo el encaje negro de tu mejor sostén bajo ese jersey tan inocente, el hilo de tu tanga provocándome desde la cinturilla de tu falda, todavía tienes en el pelo restos del perfume que te pusiste esta mañana con la promesa lasciva de que esta noche tampoco acabaría. A lo mejor prefieres, incluso, olvidarte de estar hermosa para simplemente ser hermosa bajo los vaqueros rotos y tu cotidiana camiseta roja tan raída. Sin músicas, sin películas, quizás el alcohol - mi whisky, tu martini blanco - quede para otro momento.

No, esta noche mis dedos enredándose en tu pelo no preludiarán que quiero someterte a gozos que sólo tienen nombre en idiomas paganos. Tu nuca no recibirá el hilillo de mis ténues besos ni tu respiración entrecortada me dirá que eres la tú menos tú y por eso la tú más auténtica. No desgarrarás mi camisa, no arrancaré tu primera prenda con manos trémulas ni la última con certeras dentelladas. No arañarás mi espalda, mis manos no rozarán levísimamente tus pechos evitando los pezones para hacer la tortura más dulce e insoportable. Hoy no vestirás el pijama de saliva que tejo mientras balbuceas irrepetibles obscenidades únicas. Nuestras bocas no buscarán hoy esos rincones innombrables, impensables, en los que tantas veces nos hemos perdido para luego encontrar en el otro cómo son acres y dulces. No te amalaré el noema ni se te agolpará el clemiso ni caeremos en hidromurias, no te retorcerás de placer invocandome como a un dios impío ni tus manos crispadas se aferrarán a los barrotes de la cama. No te abandonarás arqueando la espalda, amor, al instinto más primitivo ni entre estertores de placer gritarás al alba mi centésimo nombre.

No, hoy serán otros los que aúllen.

Y sin embargo esta noche te voy a amar: cuéntame tu día y sus pequeñas cosas, yo te escucharé en silencio y te sonreiré.

Y luego, mi pecho contra tu espalda, dormiremos abrazados.

La ciudad nos mira y calla.


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