Trabajarse la inmortalidad

Madrid: Museo de escultura al aire libre. Fotografia: Jose Angel F.Hace unos días ví la inmortalidad.

Estaba en los ojos de I. cuando descubrió que su papá era capaz de hacerle el dúo en el te-re-ri-ra-ra-ri-re-ro-ri… que tarareaba distraída porque lo había oído en un juguete de su cole. Y que estaba en uno de esos discos de la discoteca cuyos lomos de colores tanto le fascinaban. Y que tenía letra en alemán. Y el colmo: ¡en español, el de esas poesías que tanto le gusta aprender y recitar a la primera oportunidad que se le pone por delante!

En ese momento - uno de esos momentos casi estúpidos que sin embargo al final de la batalla pueden llegar a justificar una vida o convertirse en el postrero ‘Rosebud’ al que uno se aferra cuando todo lo demás falla - no pude evitar volverme a acordar de él. Cosa que hago cada vez que, y los que me conocen un poco lo saben, traigo una frase a mi boca acompañando un poema, un verso, una cita, una melodía o simplemente una anécdota (perdón: batallita)

Porque ¿y si, después de todo, la inmortalidad no fuese mas que alguien diciendo, muchos años después, ‘mi padre me enseñó…’?

Él se fue hace algunos meses. Pero donde quiera que esté puede estar seguro de que se curró de firme la inmortalidad. Y se la ha ganado.

Yo de mayor también quiero ser inmortal.

Por cierto: la letra de la canción reza en alemán algo así como ‘Freude, schöner Gotterfunken Tochter aus Elyssium’ Y en español, ya se sabe: ‘Escucha, hermano, la canción de la alegría…’


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