Alfons Cervera: Noche de verano con libros y canciones (frag.)
No existen los libros sino sus subrayados. Las páginas limpias no dicen nada. Son inútiles. Con el paso del tiempo se desdibujan, acaban perdiendo la tinta, como aquellas viejas cartas escritas con jugo de limón. Si quieres conocer la vida y milagros de la gente (de la gente que lee, quiero decir) no tienes mas que hurgar en las estanterías de su casa, abrir algunos libros y repasar las anotaciones escritas en las orillas de sus páginas, las frases repasadas con el lápiz del misterio, esa palabra que para ti puede no tener ninguna importancia y resulta que le salvó la vida a quien la destacó entre otras por motivos rabiosamente intransferibles. De nada sirven esos libracos de seiscientas páginas si al final vuelves al principio y no has sido capaz de subrayar una sola línea. Para qué, entonces, el tiempo tuyo dedicado al libro Para qué. La grandeza de los libros está en ese tiempo tuyo que le añadas, en lo que va cambiando por dentro a cada párrafo, en la tinta con la que dibujas a cada paso la cicatriz de la sorpresa. Cuando cierras un libro, si no es tan tuyo como de quien lo ha escrito es que es una mierda o tú un lector de puta pena. Los libros han de ser torturados, vueltos del revés. Me lleno de cólera cuando veo a alguien leyendo un libro con las tapas forradas, como hacíamos de críos con los libros de texto que seguramente heredarían los hermanos pequeños. La única manera de proteger un libro es devorarlo, estrujarlo para quitarle cualquier acartonamiento. Y luego, cuando ya ha pasado mucho tiempo de la primera vez hemos de regresar a él con una humildad extrema, sin pensar que ya lo conocemos entero, que no guarda ningún secreto para nosotros. Hemos de regresar a él como regresaba Cortázar a sus antiguas calles de Buenos Aires (aquellas vederas en el lenguaje torpe de la infancia), con el ánimo dispuesto a asumir que allí se quedaron encerrados tantos misterios no resueltos en las anteriores lecturas. La costumbre de no prestar libros nace seguramente de ahí, de esa condición de espera que cada uno de ellos se exige y nos exige después de aquella primera vez. Pero también hay un rasgo que corrobora la grandeza de un libro: cuando lleno de subrayados lo entrego sin ningún empacho a los amigos. Aquí lo tienes, haz de él lo que quieras, en sus páginas está la historia de los personajes que la protagonizan y también, seguramente, la historia de mi vida. Eso queremos decir en el momento de la entrega. Los subrayados, el alma de los libros, la amistad sellada en el desvelamiento de lo que esconden sus tripas. […..]
(Revolviendo en una carpeta de viejos recortes de prensa encontré este artículo del escritor Alfons Cervera publicado originalmente en el número 2221 (25-31 de agosto de 2006) de la “Cartelera Turia”, una legendaria suerte de guía del ocio valenciana que lleve ya cerca de 50 años dando guerra. Descubrí esta publicación cuando tenía 8 años, en aquel entonces lo que más me llamaba la atención era su por entonces novedosa calificación de las películas con una nota de 0 a 5 (literalmente: 5= obra maestra, 0=huir) y la crueldad con la que podrían llegar a tratar una mal film: cuanto peor el bodrio, mejor por desternillantemente cruel la crítica. Con este recorte también recuperé inadvertidamente otro trozo de mi pasado, esta vez mucho más reciente: ahora sé desde cuándo y por qué empecé a tener un lápiz a mano al leer un libro - tiene que ser lápiz, preferiblemente portaminas o si no debe estar muy muy afilado - , y ahora sé qué tenía en la cabeza cuando hice estas fotos hace unos días en el homenaje que el CaixaForum Madrid rinde a Josep Pla)
Info
- Publicada:
- Lunes 21 de Abril de 2008 a las 0:05
- Etiquetas:
- Alfons Cervera, Literatura, Prosa, Reflexiones, Valencia








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