Luis García Montero: Lecciones de poesía para niños inquietos (frag.)

Nueva York: Central Park. Fotografia: Jose Angel F.

Me gusta pintar las palabras de colores, rellenarlas en mi imaginación igual que las casas y los árboles en un cuaderno de dibujo. Siempre he pensado que la palabra “palabra” es blanca, como la nieve pura, la nieve nieve, la que cae durante días y noches en lo alto de las montañas, sin que nadie la pise. La nieve va nombrando el mundo, hace sus muñecos, pinta de blanco las copas de los árboles, los tejados, las casas, las calles, los coches, el cubo de la basura, los bancos solitarios del parque. La nieve levanta una realidad fugitiva, que desaparece cuando el sol manda sus rayos a la tierra y la ciudad empieza a gotear. La nieve es un milagro, una maravilla, un cuento, un poema, pero resite poco tiempo. Las calles se convierten en una inmensa gotera, en un escalofrío que se filtra por el cuello del abrigo y por los descosidos de las botas para regalarnos un buen resfriado.


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