Liturgia de cristal
Publicado el Miércoles 2 de Marzo de 2005 a las 20:46en la categoria Echándole cuento
y con las etiquetas Cristal, Cuentos, Música, Olivier Messiaen, Olympus Camedia C350
Vi descender del cielo a otro ángel fuerte, envuelto en una nube, con el arco iris sobre su cabeza; y su rostro era como el sol, y sus pies como columnas de fuego. TenÃa en su mano un librito abierto; y puso su pie derecho sobre el mar, y el izquierdo sobre la tierra. Y el ángel que vi en pie sobre el mar y sobre la tierra, levantó su mano al cielo, y juró por el que vive por los siglos de los siglos, que creó el cielo y las cosas que están en él, y la tierra y las cosas que están en ella, y el mar y las cosas que están en él, que no habrÃa más tiempo, sino que en los dÃas de la voz del séptimo ángel, cuando él comience a tocar la trompeta, el misterio de Dios se consumará, como él lo anunció a sus siervos los profetas.
(Apocalipsis X, 1-2, 5-7)
Los acontecimientos, quizás por empezar a ser propicios a su paÃs, nos eran absolutamente desfavorables: ellos sabÃan que el avance de sus tropas era lento pero inexorable, que posiblemente todo podÃa terminar en breve, que el futuro de los que tuviesen la posibilidad de tenerlo no era sino su tribunal de guerra, la degradación, la ignominia, la cárcel, la horca. Estábamos a su merced.
Olivier trabajaba sin descanso. EscribÃa colores. Como un iluminado, con ese fervor casi mÃstico que le habÃa hecho ganarse no sé si el favor, la comprensión o simplemente la lástima de los que allà dominaban y que todavÃa no le habÃan colgado la pegatina de “degenerado”, dibujaba puntos, lÃneas, letras, sÃmbolos de aquella su cábala que jamás creà entender sobre el papel lleno de rayas que uno de ellos le hacÃa llegar. Miraba al cielo. Luego canturreaba. Agitaba sus manezuelas, los dedos entumecidos por el frÃo asomando por los miserables mitones. SonreÃa. Y volvÃa a dibujar. No importaba lugar ni hora; de dÃa, aislado de nosotros gracias al privilegio que le fue concedido mientras que para los demás la única esperanza que tenÃamos de ver el siguiente amanecer era no desfallecer en el trabajo de manera demasiado evidente; de noche aprovechando el barrido de la luz de los reflectores que nos guardaban, el resplandor de la luna en las escasas noches en las que condescendiente brillaba, o simplemente a tientas.
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