Mercado (Vislumbres carcaixentins VI)

FotografĂ­a: Jose Angel F.

- Recuerda: cuando llegues pregunta quién es la última. Y que no se te cuele nadie.

- Sí, mamá.

Entonces no había últimos. Lo de pedir la vez, más políticamente correcto, aún tardaría en aprenderlo.

- TĂş siempre atento al peso, al precio y al cambio.

- Sí mamá.

Recordar cĂłmo se cuenta el cambio hacia adelante: el cambio de trece era catorce, quince, veinte, veinticinco, y setenta y cinco, cien. Pesetas, claro.

- Y vigila que no te pongan la fruta tocada.

- Sí mamá.

Subir la calle Padre Marchena viendo acercarse la entrada principal del mercado era ir repitiendo estas primeras lecciones de vida. Cruzar la puerta era sumergirse en el olor a verdura cortada, a pescado fresco, a carne, a pan. Los puestos de verdura - las bancadas de madera pretendían ser verdes, perpetuamente mal pintadas y descascarilladas - estaban en en centro; los de carne y pescado, de mármol, en los laterales. Las cajas se desparramaban por debajo de los mostradores. Y las cuentas se hacían a lápiz en tiras de papel.

Cuando volvĂ­, los puestos ya eran de aluminio y metacrilato y las balanzas digitales. Ya habĂ­a almacenes. Todo orden, limpieza, asepsia. Y dispensadores de turn-o-matic.

Pero el olor - ese olor que no he encontrado en ningĂşn otro lugar, en ningĂşn otro mercado - ha permanecido.


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